sábado, 23 de febrero de 2008

A los Pies de Pedro


A los Pies de Pedro, de donde nunca nos fuimos. Una crónica particular de la visita de la CG al Papa Benedicto XVI

Fue como hacer un viaje: entrar por la puerta de bronce y la espera, la sala de espera para entrar luego a la Sala Clementina, allí, bajo los frescos íbamos a ver al Papa, pero no sabíamos que el viaje sería tan apasionante.

Luego de las palabras de agradecimiento del P. General, el Sucesor de Pedro comenzó su alocución y allí fuimos llevados por su mano a las fronteras: allí donde la fe y la cultura están llamadas a dialogar; donde la fe y la justicia entran en duro combate con estructuras injustas; fuimos acompañados por compañeros ilustres, ya en la Compañía Gloriosa: Mateo Ricci y de Nobili, citados por el Papa en alusión al inestimable servicio de la Iglesia allí en las fronteras, que Pablo VI había descrito ya inolvidablemente.

Fuimos enviados a los pobres, a trabajar con ellos y a vivir con ellos, a atender a los refugiados, los más pobres entre los pobres, dijo Benedicto XVI, citando al P: Arrupe.

Se nos invitó, luego, a entrar en los difíciles caminos de la investigación y el diálogo con un mundo que ha adquirido el hábito de olvidar a Dios, un mundo que presenta grandes desafíos a la Fe y a la teología.

El recorrido era entusiasmante, era el lenguaje de la Misión: pasamos por los Ejercicios y el Cuarto voto, que nos une efectiva y afectivamente al sucesor de Pedro, y fuimos animados a ser fieles al Espíritu que impulsó a Ignacio y los primeros compañeros…

…Y volvimos; volvimos al lugar del que nunca nos habíamos ido (aunque algunos –con mala intención- quisieran afirmar lo contrario): a los pies de Pedro, en el corazón de la Iglesia. Donde siempre hemos estado los jesuitas, aún estando en las fronteras, en los lugares difíciles, aún cuando nos encontramos, también, con nuestras propias deficiencias y pecados.

Y volvimos junto a la sede de Pedro, agradecidos al Santo Padre por su confianza. En verdad, nunca nos habíamos ido. Siempre hemos estado aquí: en la Iglesia, nuestra casa.

Rafael Velazco sj
23/02/2008

Cecilia: misionera a todo terreno.

En todo AMAR y SERVIR







jueves, 21 de febrero de 2008

Servir al Señor y a su Iglesia en las nuevas fronteras de la fe


Discurso de Benedicto XVI a los participantes en el Capítulo General de la Compañía de Jesús (21-2-2008)

Queridos padres de la Congregación General de la Compañía de Jesús:

Me complace recibiros en este día, mientras vuestros trabajos van entrando en su fase conclusiva. Doy las gracias al nuevo prepósito general, el padre Adolfo Nicolás, por haberse hecho intérprete de vuestros sentimientos y de vuestro compromiso de responder a las expectativas que la Iglesia tiene en vosotros. De éstas os he hablado en el mensaje dirigido al reverendo padre Kolvenbach y, por mediación de él, a toda vuestra Congregación, al iniciarse vuestros trabajos. Doy una más vez más las gracias al padre Peter-Hans Kolvenbach por el valioso servicio de gobierno por él prestado a vuestra orden durante casi un cuarto de siglo. Saludo también a los miembros del nuevo Consejo General y a los asistentes que ayudarán al prepósito en su delicadísima tarea de guía religioso y apostólico de toda vuestra Compañía.

Vuestra Congregación se celebra en un período de profundos cambios sociales, económicos, políticos; de acuciantes problemas éticos, culturales y medioambientales y de conflictos de todo tipo, pero también de comunicaciones más intensas entre los pueblos, de nuevas posibilidades de conocimiento y diálogo, de hondas aspiraciones a la paz. Se trata de situaciones que constituyen un reto importante para la Iglesia católica y para su capacidad de anunciar a nuestros contemporáneos la Palabra de esperanza y de salvación. Espero, pues, ardientemente que toda la Compañía de Jesús, gracias a los resultados de vuestra Congregación, pueda vivir con impulso y fervor renovados la misión para la que el Espíritu la suscitó en la Iglesia y la ha conservado durante más de cuatro siglos y medio con extraordinaria fecundidad de frutos apostólicos. Hoy deseo animaros a vosotros y a vuestros hermanos para que prosigáis en el camino de esa misión, con plena fidelidad a vuestro carisma originario, en el contexto eclesial y social propio de este inicio de milenio. Como en varias ocasiones os han dicho mis antecesores, la Iglesia os necesita, cuenta con vosotros y en vosotros sigue confiando, particularmente para alcanzar aquellos lugares físicos o espirituales a los que otros no llegan o encuentran difícil hacerlo. Han quedado grabadas en vuestro corazón aquellas palabras de Pablo VI: «Donde quiera que en la Iglesia, incluso en los campos más difíciles y de primera línea, en los cruces de las ideologías, en las trincheras sociales, ha habido o hay confrontación entre las exigencias urgentes del hombre y el mensaje cristiano, allí han estado y están los jesuitas» (Discurso a la XXXII Congregación General, 3-12-74: ECCLESIA 1.721 [1974/II], pág. 1685).

Como reza la fórmula de vuestro instituto, la Compañía de Jesús está constituida ante todo «para la defensa y la propagación de la fe». En una época en la que se abrían nuevos horizontes geográficos, los primeros compañeros de Ignacio se pusieron a disposición del Papa precisamente para que «los emplease en lo que juzgase ser de más gloria de Dios y utilidad de las almas» (Autobiografía, n. 85).

Así fueron enviados a anunciar al Señor a pueblos y culturas que aún no lo conocían. Y lo hicieron con una valentía y un celo que siguen sirviendo de inspiración y de ejemplo hasta nuestros días: el nombre de San Francisco Javier es el más famoso de todos, ¡pero cuántos otros cabría citar! Hoy los nuevos pueblos que no conocen al Señor —o que lo conocen mal, hasta el punto de no saber reconocerlo como el Salvador— están más alejados en lo cultural que en lo geográfico. No son los mares o las grandes distancias los obstáculos que desafían hoy a los heraldos del Evangelio, sino las fronteras que, debido a una visión errónea o superficial de Dios y del hombre, acaban alzándose entre la fe y el saber humano, la fe y la ciencia moderna, la fe y el compromiso por la justicia.

Por eso la Iglesia necesita con urgencia personas de fe sólida y profunda, de cultura seria y de auténtica sensibilidad humana y social; necesita religiosos y sacerdotes que dediquen su vida precisamente a permanecer en esas fronteras para testimoniar y ayudar a comprender que existe, en cambio, una armonía profunda entre fe y razón, entre espíritu evangélico, sed de justicia y laboriosidad por la paz.

Sólo así será posible dar a conocer el verdadero rostro del Señor a tantos hombres para los que éste permanece hoy oculto o irreconocible. A ello debe dedicarse, pues, preferentemente la Compañía de Jesús. Fiel a su mejor tradición, debe seguir formando con gran esmero a sus miembros en la ciencia y en la virtud, sin conformarse con la mediocridad, ya que la tarea de la confrontación y del diálogo con los muy diversos contextos sociales y culturales y las diferentes mentalidades del mundo actual se revela como una de las más difíciles y laboriosas. Y esa búsqueda de la calidad y de la solidez humana, espiritual y cultural, deberá caracterizar también a toda la múltiple actividad formativa y educativa de los jesuitas, doquiera se encuentren, a favor de los más diversos tipos de personas.

A lo largo de su historia, la Compañía de Jesús ha vivido experiencias extraordinarias de anuncio y de encuentro entre el Evangelio y las culturas del mundo: basta con pensar en Matteo Ricci en China, en Roberto De Nobili en la India o en las «reducciones» de la América Latina. Y de ello estáis justamente orgullosos. Siento hoy el deber de exhortaros a que sigáis de nuevo las huellas de vuestros antecesores con valentía e inteligencia parejas, pero también con una motivación de fe y pasión igualmente profunda con vistas al servicio del Señor y de su Iglesia.

Pero mientras procuráis reconocer los signos de la presencia y de la obra de Dios en todo lugar del mundo, incluso más allá de los confines de la Iglesia visible; mientras os esforzáis por construir puentes de comprensión y de diálogo con quienes no pertenecen a la Iglesia o encuentran dificultades a la hora de aceptar sus posiciones y mensajes, debéis al mismo tiempo haceros lealmente cargo del deber fundamental de la Iglesia de mantenerse fiel a su mandato de adherirse totalmente a la Palabra de Dios, así como de la misión del Magisterio de conservar la verdad y la unidad de la doctrina católica en su completitud. Ello no se aplica tan sólo al compromiso personal de cada jesuita, pues al operar como miembros de un cuerpo apostólico debéis también velar por que vuestras obras e instituciones conserven siempre una identidad clara y explícita, de forma que el fin de vuestra actividad apostólica no resulte ambiguo u oscuro, y con vistas a que muchas otras personas puedan compartir vuestros ideales y unirse a vosotros con eficiencia y entusiasmo, colaborando en vuestra dedicación al servicio de Dios y del hombre.

Como bien sabéis por haber llevado a cabo muchas veces, bajo la guía de San Ignacio en sus Ejercicios Espirituales, la meditación «de las dos banderas», nuestro mundo es teatro de una batalla entre el bien y el mal, y en él actúan poderosas fuerzas negativas que causan las dramáticas situaciones de sometimiento espiritual y material de nuestros contemporáneos contra el que habéis declarado varias veces querer luchar, comprometiéndoos en el servicio de la fe y en la promoción de la justicia. Dichas fuerzas se manifiestan hoy de muchas maneras, pero con especial evidencia mediante tendencias culturales que a menudo resultan dominantes, como el subjetivismo, el relativismo, el hedonismo, el materialismo práctico. Por eso he pedido vuestro compromiso renovado en la promoción y defensa de la doctrina católica «en particular sobre puntos neurálgicos hoy fuertemente atacados por la cultura secular», algunos de los cuales he ejemplificado en mi Carta antes aludida.

Los temas —hoy continuamente debatidos y puestos en tela de juicio— de la salvación de todos los hombres en Cristo, de la moral sexual, del matrimonio y de la familia, deben ser profundizados e iluminados en el contexto de la realidad contemporánea, pero conservando la sintonía con el Magisterio necesaria para impedir que se siembre confusión y desconcierto en el Pueblo de Dios. Sé y entiendo bien que se trata de un punto particularmente sensible y arduo para vosotros y para varios hermanos vuestros, sobre todo para los que se dedican a la investigación teológica, al diálogo interreligioso y al diálogo con las culturas contemporáneas. Precisamente por ello os he invitado y hoy también os invito a reflexionar para recuperar el sentido más pleno de ese «cuarto voto» característico vuestro de obediencia al Sucesor de Pedro; un voto que no implica tan sólo disposición a ser enviados a misionar en tierras lejanas, sino también —según el más genuino espíritu ignaciano de «sentir con la Iglesia y en la Iglesia»— a «amar y servir» al Vicario de Cristo en la tierra con una devoción «efectiva y afectiva» que haga de vosotros unos colaboradores suyos tan valiosos como insustituibles en su servicio a la Iglesia universal.

Al mismo tiempo os animo a proseguir y renovar vuestra misión entre los pobres y con los pobres. No faltan, por desgracia, nuevas causas de pobreza y de marginación en un mundo marcado por graves desequilibrios económicos y medioambientales; por procesos de globalización regidos por el egoísmo más que por la solidaridad; por conflictos armados devastadores y absurdos. Como he tenido ocasión de reiterar a los obispos latinoamericanos reunidos en el santuario de Aparecida, «la opción preferencial por los pobres está implícita en la fe cristológica en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza (cf. 2 Co 8, 9)». De ahí que resulte natural que quien quiera ser verdadero compañero de Jesús comparta realmente su amor a los pobres. Nuestra opción por los pobres no es ideológica, sino que nace del Evangelio. Innumerables y dramáticas son las situaciones de injusticia y pobreza en el mundo actual, y si es menester comprometerse a comprender y combatir sus causas estructurales, es preciso también bajar al propio corazón del hombre a luchar en él contra las raíces profundas del mal, contra el pecado que lo separa de Dios, sin olvidar por ello responder a las necesidades más apremiantes en el espíritu de la caridad de Cristo.

Retomando y desarrollando unas de las últimas y proféticas intuiciones del padre Arrupe, vuestra Compañía sigue trabajando meritoriamente en el servicio a los refugiados, que son a menudo los más pobres de los pobres y que tan necesitados están no sólo de auxilio material, sino también de esa profunda cercanía espiritual, humana y psicológica que es más propia de vuestro servicio.

Os invito, por último, a prestar especial atención al ministerio de los Ejercicios Espirituales, característico de vuestra Compañía desde sus mismos orígenes. Los Ejercicios son la fuente de vuestra espiritualidad y la matriz e vuestras Constituciones, pero son también un don que el Espíritu del Señor ha hecho a la Iglesia entera: por eso tenéis que seguir haciendo de él una herramienta valiosa y eficaz para el crecimiento espiritual de las almas, para su iniciación en la oración y en la meditación en este mundo secularizado del que Dios parece ausente.

Precisamente la semana pasada yo también, junto con mis más estrechos colaboradores de la Curia Romana, disfruté de unos Ejercicios Espirituales dirigidos por un ilustre hermano vuestro, el cardenal Albert Vanhoye. En un tiempo como el actual, en el que la confusión y multiplicidad de los mensajes y la rapidez de cambios y situaciones dificultan de especial manera a nuestros contemporáneos la labor de poner orden en su vida y de responder con determinación y alegría a la llamada que el Señor dirige a cada uno de nosotros, los Ejercicios Espirituales constituyen un camino y un método particularmente valioso de buscar y de hallar a Dios en nosotros, en nuestro alrededor y en todas las cosas, con el fin de conocer su voluntad y de llevarla a la práctica.

En este espíritu de obediencia a la voluntad de Dios, a Jesucristo, que se convierte también en obediencia humilde a la Iglesia, os invito a proseguir y a llevar a buen fin los trabajos de vuestra Congregación, uniéndome a vosotros en la oración que San Ignacio nos enseñó al final de sus Ejercicios; una oración que siempre se me antoja demasiado elevada, hasta el punto de no atreverme casi a rezarla, y que, sin embargo, siempre deberíamos abrazar: «Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad, todo mi ser y mi poseer; vos me lo disteis: a vos, Señor, lo torno; todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad; dadme vuestro amor y gracia, que ésta me basta» (Ejercicios Espirituales, 234).

Audiencia papal a los miembros de la Congregación General 35

El 21 de febrero a las 11:30 el Santo Padre Benedicto XVI recibió en audiencia especial a los miembros de la Congregación General 35. Antes de escuchar las palabras del Papa, el nuevo Padre General le dirigió el siguiente saludo:

Beatísimo Padre,

Deseo que mi primera palabra a nombre mío y de todos los presentes, sea un caluroso “gracias” a Vuestra Santidad que ha querido benignamente recibir hoy a todos los miembros de la Congregación General reunida estos días en Roma, después de haberle dado el precioso don de una carta que, por su contenido y su tono positivo, alentador y afectuoso, ha sido recibida con gran aprecio por toda la Compañía de Jesús.

Sentimos, ciertamente, gratitud y un fuerte lazo de comunión al vernos confirmados en nuestra misión de trabajar en las fronteras: allí donde de debaten la fe y la razón; la fe y la justicia, la fe y el saber, así como en el campo de la reflexión y responsable investigación teológica.

Estamos agradecidos a Su Santidad por habernos exhortado una vez más a perseverar en nuestra tradición ignaciana de servicio allí donde el Evangelio y la Iglesia se enfrentan con el mayor desafío: un servicio que a veces pone en peligro la propia tranquilidad, la reputación y la seguridad. Por eso, es motivo de gran consolación constatar que Vuestra Santidad está al corriente de los peligros a que tal empeño nos expone.

Permítame, Santo Padre, que vuelva otra vez a la benévola y generosa carta que ha dirigido a mi predecesor, el Padre Kolvenbach, y a través de él a todos nosotros. La hemos recibido con un corazón abierto; la hemos meditado, hemos reflexionado sobre ella, hemos cambiado impresiones y estamos decididos a transmitir a toda la Compañía de Jesús su mensaje y la necesidad de aceptarlo incondicionalmente. Nos proponemos, además, llevar el espíritu de tal mensaje a todas nuestras estructuras de formación y, a partir de ahora, crear ocasiones de reflexión y diálogo sobre su contenido. Ocasiones que serán de ayuda a nuestros compañeros empeñados en la investigación y el servicio.

Nuestra Congregación General, a la que Vuestra Santidad ha hecho sentir su paternal aliento, busca en la oración y discernimiento el camino hacia una renovación del empeño de la Compañía al servicio de la Iglesia y de la humanidad.
Lo que nos inspira y nos impele es el Evangelio y el Espíritu de Cristo: sin la centralidad del Señor Jesús en nuestra vida, nuestras actividades apostólicas no tendrían razón de ser. Del Señor Jesús aprendemos a estar cerca de los pobres, de los que sufren y de los excluidos de este mundo. La espiritualidad de la Compañía de Jesús brota de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio. Y es precisamente a la luz de los Ejercicios Espirituales – fuente de inspiración de las Constituciones de la Compañía – que la Congregación General examina estos días nuestra identidad y nuestra misión. Los Ejercicios Espirituales, antes que ser un instrumento inapreciable de apostolado, son para los jesuitas la medida de su propia madurez espiritual.

En comunión con la Iglesia y guiados por su magisterio buscamos dedicarnos con dedicación al servicio, al discernimiento y a la investigación. La generosidad de tantos jesuitas que trabajan denodadamente por el Reino de Dios hasta dar su propia vida no atenúa el sentido de responsabilidad que la Compañía siente tener en la Iglesia. Responsabilidad que Su Santidad confirma en su carta cuando dice que “la obra evangelizadora de la Iglesia cuenta con la responsabilidad formativa que la Compañía tiene en el campo de la teología, de la espiritualidad y de la misión. Junto con el sentido de responsabilidad debe acompañaros la humildad, reconociendo que el misterio de Dios y del hombre es mucho más grande que nuestra capacidad de comprensión”.

Nos entristece, Santo Padre, que la inevitable limitación y superficialidad de algunos de entre nosotros vengan usadas a veces para dramatizar y presentar como conflicto y oposición lo que en muchos casos no pasa de ser manifestación de nuestros límites y de la imperfección humana, o de las inevitables tensiones de la vida cuotidiana.

Nada de esto, sin embargo nos desanima ni apaga nuestra pasión no sólo por servir a la Iglesia sino con mayor radicalidad aún, conforme al espíritu y la tradición ignaciana, amar a la Iglesia jerárquica y al Santo Padre, Vicario de Cristo.

“En todo amar y servir”. Este es el retrato de Ignacio. Esta es la carta de identidad del auténtico jesuita.

Por eso consideramos muy significativo para nosotros este encuentro con Su Santidad en la vigilia de la fiesta de la Cátedra de San Pedro, día de oración y de unión con el Papa y su altísimo servicio de magisterio universal que nos permite presentarle nuestros mejores deseos.

Y ahora, Santo Padre, estamos dispuestos, prontos y deseosos de escuchar sus palabras.

martes, 19 de febrero de 2008

Comunidad Ñanderoga terminando la tanda de 8 dias de Ejercicios


De izquierda a derecha: Augusto, Eduardo, Estela, Cecilia y Salvador sj.

lunes, 18 de febrero de 2008

Enamórate!


Ser jesuita

Vaya de entrada que ser jesuita no es ningún honor, de esos por los que muchos se matan. San Ignacio llama a eso “vano honor del mundo” y lo considera una trampa.
Ser jesuita tampoco es una promoción o una carrera para medrar sobre otros. San Ignacio afirma, convencido por propia experiencia, “que aquella vida es más feliz que más se aparta de todo contagio de avaricia”.
Ser jesuita no es ser más listo o más influyente o autosuficiente. Para Ignacio de Loyola todo en el hombre - menos su pecado- es regalo gratuito, “amor que desciende de arriba”.
Ser jesuita es peregrinar cada día, y todos los días, “un camino hacia Dios”. Un camino que no eliges, sino para el que eres elegido. No sin ti, naturalmente. Pero en el que un día te encuentras alcanzado por Quien lo ha desbrozado antes que tú y por ti. Más aún, por quien es Él mismo “el Camino”. Al peregrino ignaciano de Loyola lo definieron los que le conocieron como “aquel hombre que era loco por Nuestro Señor Jesucristo”.
Ser jesuita es, sencillamente, ser cristiano hasta “ser tenido y estimado por loco” por los bienpensantes al uso. Y porque Jesucristo se ha convertido, como a S. Pablo, en “razón de mi vida” (Flp 1, 21). Un Cristo, eso sí, enviado a cada ser humano, compromiso de Dios con cada persona. Un Cristo impensable si no es como servidor del hombre y muriendo por él.
Un Cristo al que es imposible decir que se le sigue, si no nos sangra el corazón a chorro ante cada miseria humana. Gracias a Dios, la Compañía de Jesús, en algunos de sus hombres, sigue sangrando de esa herida. Si no te interesa ese Cristo, no sigas adelante.


Si te interesa, ¡adelante!, ¡Pasa! Ven y ve.

Hallar a Dios en todo y en todos

“Yo tenía una perla preciosa y Dios me dijo: “Arrójala al abismo de mi corazón”. Lo hice y me sentí miserable; pues no conocía la profundidad del abismo de su corazón. Tenía la impresión de que todo lo había lanzado a las tinieblas.

¡Oh noche amable más que la alborada!”

“Como una flor, un tulipán por ejemplo, es mucho más hermoso y más rico en colores cuando se mira a contraluz y los rayos de sol inciden, no sobre él, sino a su través, y muchas personas, ¡cómo es posible!, jamás lo han visto así; así una persona sólo puede ser apreciada en su profunda riqueza cuando se ve la luz que luce en lo más profundo de sí mismo e ilumina desde allí todo lo demás: Dios. Y muchas personas, ¡cómo es posible!, jamás se han dado cuenta.

Esa intimidad profunda no es más que el origen y destino del hombre, su- ser-de Dios y para-Dios, ese Dios más íntimo en la persona que su misma intimidad. Para alcanzar este núcleo íntimo del otro es preciso un cierto desprendimiento de todo lo que no sea esa luz central; es necesaria una completa libertad en relación con lo que el otro tiene, para no buscar y no encontrar en ello, más que lo que él mismo es: su-ser-de Dios y para-Dios”.

“Señor, enséñame a encontrarte en todo lo que me cruzo en mi peregrinación hacia ti, para que mi deseo de ti se haga cada vez más fuerte, más completo y más radicalmente fiel, y que así mi amor hacia todo y hacia todos, no deje de crecer siempre más y más, hacia su pleno resplandor.”

Egide Van Broeckhoven, SJ