sábado, 1 de marzo de 2008

“VER LAS PERSONAS…”

Ignacio nos invita, en los Ejercicios, a “ver las personas” (EE 106), a “mirar lo que hacen” (EE 108), dejándonos impactar por ellas y después “reflectir para sacar algún provecho de cada cosa” (EE 108). La Congregación que está por concluir producirá algunos textos, sin duda importantes, pero será recordada sobre todo por las personas que han ocupado en ella un lugar central.

En primer lugar, el P. Peter-Hans Kolvenbach: se apartó de la presidencia de la Congregación General apenas fue aceptada su renuncia, participó como todos en el proceso de “murmuraciones” para la elección del nuevo General y, elegido éste, pasó a ocupar su lugar en la sala como todos. Es la primera vez en la historia de la Compañía que el General renunciante sigue acompañando los trabajos de la Congregación. Y el P. Kolvenbach lo ha hecho a su estilo: discreto, atento, respetuoso, con humor. Sin rango de “ex” o de “emeritus”, ha huido en cuanto ha podido de los aplausos y del reconocimiento. Aún así, la Congregación y el Papa le han manifestado su gratitud por haber guiado la Compañía “de modo iluminado, sabio y prudente…en un momento no fácil de la historia de la Orden” (Benedicto XVI, 10-01-08). Cumplido el servicio que se le solicitó se encuentra esperando destino cuando vuelva a su provincia de origen: el Próximo Oriente. En los tiempos libres se dedica a recuperar el árabe.

Otro rostro importante es, sin duda, el de Adolfo Nicolás. El 19 de enero fue elegido como el 29º sucesor de Ignacio de Loyola en la dirección de la Compañía de Jesús. La consolación producida por su elección se confirma día a día en la medida que lo vemos desenvolverse con naturalidad, intervenir con respeto y lucidez, tomar sus primeras decisiones en la orientación del nuevo gobierno. Las interpretaciones sesgadas de alguna prensa (la “carta oculta de los jesuitas”, el “representante del ala progresista”, etc.) se evaporan conforme se afirma la calidad humana y espiritual que lo ha hecho valer para este servicio por encima de los límites de la salud o de la edad.

Su primera carta dirigida como General a los compañeros dispersos por el mundo es muestra de su sencillez y trato franco y cordial. Nos dice: “Es la primera vez que les escribo desde mi elección hace poco más de un mes. Pueden fácilmente imaginar la sorpresa, más aún, el susto, que recibí en ese momento, ya que me consideraba inelegible por mi edad y por mis muchas carencias y limitaciones, bien conocidas por aquellos con los que he convivido y trabajado.

Posiblemente lo más difícil de explicar es la experiencia que vivimos en la Congregación esos días en que escudriñábamos la voluntad de Dios, buscando el bien de la Iglesia y de la Compañía. Fue esa búsqueda, intensa, sincera y abierta, la que me impidió declinar o rehusar la elección. No se puede decir “no” a personas que han estado buscando tan sinceramente la voluntad de Dios. Ahora les prometo que dedicaré toda mi energía y mi persona al trabajo de ayudar a la Compañía a seguir adelante, apoyando lo bueno, respondiendo a los nuevos desafíos, animando a afrontar la difícil tarea de ser testigos coherentes y creíbles del Evangelio de Jesucristo en que creemos”.

En sus palabras al Papa, el 21 de febrero pasado, el P. General expresa algunos aspectos de su propia sensibilidad espiritual. El retrato de Ignacio y la carta de identidad de todo jesuita –dice- se revela en la frase del final de los Ejercicios: “en todo amar y servir”. El jesuita es el hombre de los Ejercicios puesto que éstos “antes que ser un instrumento inapreciable de apostolado, son para el jesuita la medida de su propia madurez espiritual”.

Para el nuevo General “lo que nos inspira y nos impele es el Evangelio y el Espíritu de Cristo: sin la centralidad del Señor Jesús en nuestra vida, nuestras actividades apostólicas no tendrían razón de ser. Del Señor Jesús aprendemos a estar cerca de los pobres, de los que sufren y de los excluidos de este mundo”. Lo nuestro es, nos lo había dicho este misionero en su primera homilía como General, estar en la frontera, yendo a las “naciones” con una propuesta de Evangelio, de buena noticia.

El jesuita es también el hombre de las Constituciones, que nos forman como hombres de Iglesia para una misión difícil, capaces de reconocer nuestros errores sin desanimarnos porque “nada de esto apaga nuestra pasión no sólo por servir a la Iglesia sino, con mayor radicalidad aún, conforme al espíritu y a la tradición ignaciana, amar a la Iglesia jerárquica y al Santo Padre, Vicario de Cristo”.

Es precisamente el Santo Padre, Benedicto XVI, otra de las personas que marcarán esta Congregación. Se comunicó con ella en dos ocasiones: el 10 de enero a través de una carta y, hace unos días, el 21 de febrero, en una alocución durante la audiencia que concedió a la Congregación. En realidad no era ésta la primera muestra de aprecio: quiso estar presente en la conmemoración del Año Jubilar en San Pedro; visitó la Universidad Gregoriana y dirigió unas palabras espontáneas y llenas de afecto a los jesuitas de la comunidad; ha mantenido durante estos años de su pontificado una relación fluida y permanente con el P. Kolvenbach. Ha sido claro al manifestar su aprecio por la Compañía y, más allá de ella, ha tenido también gestos de simpatía por la vida consagrada. Ha sido igualmente claro en desafiarnos a crecer en fidelidad a la Iglesia y al magisterio.

El encuentro con el Santo Padre el día 21 quedará para la historia. Mencionó en su discurso a personas muy caras a la Compañía: Mateo Ricci, Roberto de Nobili, y “las `reducciones´ de la América Latina” como “experiencias extraordinarias” de anuncio del Evangelio. Se refirió a Pablo VI y sus palabras a la CG 32. Y, sobre todo, recordó al P. Arrupe en una de “sus últimas y proféticas intuiciones”: la creación del servicio jesuita a los refugiados, “los más pobres de los pobres”.

Benedicto XVI nos confirmó en la misión: “os animo a proseguir y renovar vuestra misión entre los pobres”, trayendo a colación su afirmación en Aparecida (mayo 2007): “la opción preferencial por los pobres está implícita en la fe cristológica en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros para enriquecernos con su pobreza (2 Cor 8,9)”. Nos impulsó a prestar especial atención al ministerio de los Ejercicios –él acababa de concluir los suyos- y, desde una fe sólida, estar presente en “la tarea de la confrontación y del diálogo con los diversos contextos sociales y culturales y las diferentes mentalidades”.

Una misión que, de acuerdo a nuestra mejor tradición, debe realizarse en sintonía con el Magisterio y en obediencia al sucesor de Pedro. Benedicto XVI nos lo ha pedido con insistencia siendo consciente de “que se trata de un punto particularmente sensible y arduo” para nosotros. Sin embargo, concluye, una particular “devoción efectiva y afectiva” con el Vicario de Cristo hará de nosotros sus colaboradores “tan valiosos como insustituibles en su servicio a la Iglesia universal”. Nos quiere cercanos a él, invitándonos a “reflexionar para recuperar el sentido más pleno de ese cuarto voto característico de vuestra obediencia al sucesor de Pedro”. La pelota ha quedado, pues, en nuestra cancha.

Finalmente, el rostro de la Congregación: una “persona” colectiva de varios colores, procedencias y pareceres, que ha ido procesando durante estas semanas una experiencia de “unión de ánimos” con frutos concretos: un nuevo General, su Consejo, varios documentos que reflejan el modo como la Compañía percibe hoy su identidad y misión. Todo ello realizado en una búsqueda sincera de la voluntad de Dios, expresada en conciencia, libremente, lejos de todo partidismo. Si Adolfo Nicolás no pudo decir “no” a personas que buscaban sinceramente la voluntad de Dios, este mismo Dios tampoco nos ha dicho “no” a quienes estamos buscando discernir su voluntad; más bien nos está siendo propicio en Roma, entre otras modos, a través de la gracia de la “unión de mentes y corazones”.

Muchas personas han estado también presentes durante estas semanas, a veces de modo anónimo. Los que nos han ayudado en tareas domésticas, de secretaría o de enfermería -muy solicitada, dicho sea de paso-, los que han orado por nosotros todo este tiempo, los religiosos y sacerdotes que nos aprecian, las laicas y laicos que han sentido esta Congregación como propia. Gracias a todos. Ignacio nos pide “en todo amar y servir”: esperamos devolver en servicio tanto amor recibido.

Ernesto Cavassa, S.J.

Largo Camino a Casa

Rafael Velasco, sj

La CG ha entrado en su recta final. Los decretos, mandatos y recomendaciones comienzan a perfilarse con claridad. Vamos comenzando a pensar en volver a casa.

A su vez comienza un largo camino, que es el que debe recorrer la Congregación para hacerse real, para decir de verdad algo a los jesuitas y a quienes comparten nuestro trabajo, con quienes compartimos el servicio de la misión de Cristo. Ese largo camino que comenzará al apagar el último micrófono, al votar la última enmienda del decreto postrero, después de los abrazos y las promesas de volvernos a ver en alguna parte del ancho mundo. Después de eso comienza el largo camino a casa de lo que esta Congregación General ha sido…o será. Porque será realmente algo cuando impacte en los corazones y en la misión de cada día de la Compañía real.

¿Qué nos ha dicho Dios a los jesuitas en esta Congregación General? No lo sabremos hasta dentro de algún tiempo. Solo sabemos de algunas convicciones que se han hecho palabra para plasmarse en documentos y elecciones. Poco más. ¿Qué le dice Dios a la Compañía a través de la CG 35? Lo iremos desentrañando a lo largo de los días, luego del retorno a casa, cuando vuelva a nosotros alguna palabra oída en la sala, cuando algún testimonio de vida nos conmueva con su recuerdo desleído, cuando se nos anuncie el Evangelio en nuestras comunidades, a través de las personas con las que compartimos vida y misión, a través de los pobres y los que nos esperan (la Palabra resuena de maneras impensadas), cuando los hermanos nos juntemos al caer el día, a Partir el Pan; sólo hasta ahí no sabremos bien qué nos ha dicho Dios. Pero sin duda hay una Palabra de parte de Dios para toda la Compañía a través de esta Congregación General 35. Los que hemos participado estamos convencidos de ello.

Dejamos desde aquí un nuevo General, un nuevo equipo y una serie de decretos y mandatos y recomendaciones al Gobierno Ordinario, pero eso es sólo una parte. Lo otro: el sentido de cuerpo apostólico vivo y diverso, el afecto profundo de compartir la misión, la vocación y la Vida verdadera, lo que sentimos que estamos llamados a ser; eso es la parte fundamental del equipaje para este largo camino a casa.

Volveremos a nuestros sitios, pero -creo- para los que hemos estado aquí, no será lo mismo. Será sin dudas diferente. Haber participado de una experiencia de Dios en comunidad no lo deja a uno de la misma manera. Y por aquí Dios ha pasado. Ya se verá cómo germina eso en nuestras vidas, nuestras provincias, nuestros empecinamientos cotidianos… Será, sin dudas, parte del largo camino a casa.

Colaboración con otros: las muchas posibilidades de interacción con no-jesuitas.

[01/03/2008] Laicos y laicas, curas diocesanos y miembros de otras órdenes religiosas forman parte del amplio grupo de colaboradores que trabajan en las muchas instituciones de la Compañía de Jesús. El Padre Michael Holman, provincial británico, remarca con fuerza este tipo de colaboración.

“De hecho podríamos decir que gran parte del entusiasmo, iniciativa y energía de nuestra misión en Gran Bretaña, Suráfrica y la Guayana Inglesa (partes de la provincia británica jesuítica), viene de la colaboración con el laicado y otras órdenes religiosas. Esta colaboración la hacemos de muchas distintas maneras, creo que de algunas de ellas son geniales.”

El Padre Holman continua diciendo: “Una de las rezones por las que la colaboración está funcionando es gracias a la flexibilidad que estamos teniendo.” El éxito reside en la adaptación a las circunstancias: “No es que hayamos dicho que para ser colaborador hay que cumplir esto o aquello, sino que cada colaboración depende del momento y situación en la vida de cada persona. Esto requiere una gran creatividad e iniciativa por parte de los Jesuitas, pero creo honestamente que el Espíritu está trabajando de esta manera con nosotros. Esto ha sido especialmente importante en los últimos cuarenta años, tras el énfasis del Vaticano II en el ministerio de los laicos en la Iglesia.

Uno de los retos más concretos en mi provincia ha sido la formación continua de los colaboradores, que deben compartir la misión de la compañía pero que no tienen de igual manera a su disposición las herramientas para desarrollar esta misión. Para resolver esta situación la provincia está trabajando con otros (por ejemplo la diócesis de Westminster, en Londres) para proveer cursos y titulaciones que sean tan flexibles como los colaboradores. Aún así, el Padre Holman quiere ir más lejos.

“Creo que una de las sombras acerca del modo cómo apoyamos a nuestros colaboradores, es que no hemos sido capaces de proveer un formato para sistematizar el desarrollo de este tipo de colaboración. Me gustaría mucho que las Comunidades de Vida Cristiana (CVX) fueran el contexto en el que la gente llamada a una vida apostólica apoyada en la espiritualidad ignaciana pudieran crecer y formar comunidad con una identidad apostólica ignaciana.” El proceso para que esto sea realidad, ya está comenzado: “tengo tres encuentros anuales con el comité de CVX británico y estamos buscando maneras para desarrollar esta colaboración.”

“Hay una pregunta que surge continuamente en los jesuitas de mi provincia, y estoy seguro que pasa en todos los sitios: ¿Qué es ser Jesuita, cuál es nuestra esencia, nuestro distintivo, para qué somos necesarios en una iglesia caracterizada en gran parte por un intenso ministerio laical? Me gusta responder esta inquietud desde la idea de una necesaria relacionalidad entre ambas vocaciones.” Se explica: “Realmente creo que el compromiso de vida de los jesuitas invita a un compromiso apostólico por parte de quienes trabajan con nosotros. Igualmente, es en este contexto de apoyar a otros en su ministerio, donde los Jesuitas identifican la necesidad de su propio compromiso de vida con Cristo en la vida religiosa. Creo hondamente en esta relacionalidad esencial entre ambas vocaciones y su complementariedad. Estoy convencido de que este será un camino por el que en el futuro desarrollaremos la comprensión de ambas vocaciones.

martes, 26 de febrero de 2008

La dimensión olvidada: la vida interior

La vida interior representa, actualmente, una de las dimensiones más olvidadas de la humanidad. Urge rescatarla, pues en ella se encuentra la serenidad, y el sentimiento sagrado de la dignidad.

En primer lugar, es importante aclarar la palabra interior. Es el reverso de exterior. La vida posee una dimensión exterior. Es nuestra corporalidad. La cultura moderna ha inflacionado la exterioridad a través de todos los medios de comunicación. El mundo de las personas ha sido totalmente divulgado.

Pero existe también lo interior. Generalmente lo interior es aquello que no se ve directamente. Podemos conocer y hasta fascinarnos por el exterior de una persona, por su belleza e inteligencia. Pero para conocerla necesitamos considerar su interior, su corazón, su modo de ser y su visión del mundo. Sólo entonces podemos hacer juicios más adecuados y justos sobre ella.

Interior tiene además el significado de calidad de vida. Así decimos que la vida «en el interior» (del país) es más tranquila, más integrada en la comunidad y en la naturaleza, en el fondo, con más posibilidad de hacernos felices. Es que la vida «en el interior» no está sujeta a la lógica de la ciudad, con el ir y venir de las personas, la parafernalia técnica y burocrática, y las amenazas de violencia.

Por último, interior significa la profundidad humana. Este interior, lo profundo, emerge cuando el ser humano se detiene, calla, comienza a mirar dentro de sí y a pensar seriamente. Cuando se plantea cuestiones decisivas como: ¿qué sentido tiene mi vida, todo ese universo de cosas, de aparatos, de trabajos, de sufrimientos, de luchas y de placeres? ¿Hay vida más allá de la vida, ya que tantos amigos murieron, a veces de forma absurda, en accidentes de automóvil o por una bala perdida? ¿Por qué estoy en este planeta pequeño, tan hermoso, pero tan maltratado?

¿Quién ofrece respuestas? Por lo general son las religiones y las filosofías, pues siempre se ocupan de estas cuestiones. Pero es ilusorio pensar que con asistir a los cultos o con adherirse a alguna visión del mundo se garantiza una vida interior. Todo eso importa, pero sólo en la medida en que produce una experiencia de sentido, una conmoción nueva y un cambio vital.

La vida interior no es monopolio de las religiones. Éstas vienen después. La vida interior es una dimensión de lo humano. Por eso es universal. Está en todos los tiempos y en todas las culturas.

Las religiones cumplen su misión cuando suscitan y alimentan la vida interior de sus seguidores, cuando les ayudan a hacer el viaje a su interior, rumbo al corazón, donde habita el Misterio. Vida interior supone escuchar las voces y los movimientos que vienen de dentro. Hay un yo profundo, cargado de anhelos, búsquedas y utopías. Sentimos una exigencia ética que nos invita al bien, no sólo personalmente, para uno mismo, sino también para los otros.

Hay una Presencia que se impone, mayor que nuestra conciencia. Presencia que habla de aquello que realmente cuenta en nuestra vida, de aquello que es decisivo y que no puede ser delegado en nadie. Dios es otro nombre para esta experiencia que satisface nuestra búsqueda insaciable.

Cultivar ese espacio es tener vida interior. El efecto más inmediato de esta vida interior es una energía que permite encarar los problemas cotidianos sin excesiva agitación. Quien posee vida interior irradia una atmósfera benéfica y transmite paz a quienes le rodean.

Alimentar la vida interior, como repite siempre Arthur da Távola en su programa de televisión «Quién tiene miedo de la música clásica», es no tener soledad nunca más. La soledad es uno de los mayores enemigos del ser humano, porque lo desenraíza de la conexión universal. La vida interior lo religa al Todo del cual es parte.

LEONARDO BOFF

Dame tu amor


«Señor, dame tu amor, que me haga perder mi “prudencia humana” y me impulse a arriesgarme a dar el salto, como San Pedro, para ir a Ti: Que no me hundiré mientras confíe en Ti.

No quisiera oír: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”. Cuántos motivos teológicos, ascéticos, de prudencia humana, se levantan, en mi espíritu y tratan de demostrarme “bajo apariencia de bien”, con muchas razones humanas, que aquello que Tú me inspiras y pides es imprudente. Una locura.

¡Tú, Señor, según eso, fuiste “el más loco de los hombres”, pues inventaste esa insensatez de la cruz! ¡Oh, Señor!, enséñame que esa insensatez es tu prudencia, y dame tal amor a tu persona para que sea yo también otro loco como Tú.»

Padre Arrupe

A mis hermanos de Ñanderoga

Quiero pedirte Señor la gracia de que serenes mi espíritu de ansiedades,no así mi ardor por el Reino. Quiero entender que tuyo es el tiempo, eres Señor de la historia.
Quiero decirles a mis hermanos, Ñanderoga, que son mis amigos y como amigos decirles lo que pienso: quiero vivir ustedes el Reino, gustar la felicidad de los hijos de Dios, ver en sus ojos los ojos del Señor.
Reconocernos como comunidad producto del "amor recibido del Padre gracias a Jesucristo por la unión del espíritu santo"(cf.DA14)
"Conocer a Jesús...haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida y darlo a conocer con nuestra palabra y obra es nuestro gozo (cf.DA 29).

Eduardo Rojas.-