martes, 4 de marzo de 2008

La metanoia

Este profundo texto de Piet van Breemen corresponde al capítulo 3 del libro “Transparentar la Gloria de Dios”. Toca aspectos sicológicos de nuestra conciencia y se refiere al arrepentimiento y la revisión de las prioridades como una manera de mejorar nuestro estilo de vida y una invitación del Señor. Te recomendamos imprimirlo para poder leerlo con calma y tal vez trabajar de a poco la reflexión sobre su contenido.

En la Escritura hay muchas citas que pueden alimentar nuestra reflexión sobre la metanoia, pues se trata de una auténtica palabra clave de la Buena Noticia que se repite una y otra vez. Pero también hay en nosotros numerosos mecanismos de defensa que contrarrestan e intentan diluir la llamada bíblica. Por ejemplo tratar de representarnos la metanoia como una experiencia que ocurre una sola vez en la vida y situarla en nuestro pasado remoto, o considerarla como algo de vital importancia… ¡para los demás! Estos subterfugios no son en absoluto raros. Algunas veces se tiene la impresión de que la creencia común menos ambigua que comparten conservadores y liberales es la santa convicción de que el que tiene que arrepentirse es el otro. Demasiadas discusiones se reducen a la afirmación de que la otra persona o grupo debería reformarse, lo que parece una base excesivamente exigua para una cooperación fructífera en la construcción de la iglesia. Un proverbio del África oriental dice: “El mal es como una montaña: cada cual está en la suya y señala a la otra”. ¡Cuántas veces, de entre la enorme variedad de artículos y conferencias teológicas y espirituales, elegimos precisamente los que nos tranquilizan y confirman nuestro modo de pensar y no nos estimulan en absoluto a la conversión auténtica…! El rabino Bunam tenía razón cuando observaba: “La gran culpa de los seres humanos no la constituyen los pecados que comentemos; después de todo, la tentación es tan fuerte, y nuestra fuerza tan débil… La gran culpa reside en que podemos arrepentirnos en cualquier momento, y no lo hacemos”. En el pasado, una espiritualidad malsana en ocasiones ha introyectado en las personas sentimientos de culpa inauténticos y, al hacerlo, ha causado un gran daño y mucho sufrimiento. Sin embargo, la represión de la culpa y de nuestra necesidad de metanoia parece ser hoy el mayor peligro, incluso puede provocar más sufrimiento en el mundo que el desencadenado por el fuego y el azufre de los sermones del pasado.

Indudablemente, el arrepentimiento nos exige sacrificios. Pero, pese a ello, no debemos olvidar que, si hacemos oídos sordos al arrepentimiento, con frecuencia damos lugar a un sufrimiento mayor que el que nos causaría la metanoia. En ocasiones nos imponemos a nosotros mismos una presión increíble sólo para evitar una conversión necesaria y liberadora. De hecho, al dar la espalda a la metanoia, nos infligimos a nosotros mismos y provocamos a los demás un sufrimiento innecesario. La metanoia no supone que tengamos que reprimir nuestra personalidad, sino todo lo contrario. La metanoia implica dejar que nuestra identidad alcance su pleno desarrollo con la fuerza del evangelio, puesto que nos ayuda a superar de modo definitivo nuestra timidez y a ser verdaderamente las personas que estamos destinados a ser conectando con el origen mismo de la vida. Dios no quiere que nos contengamos, pues le glorificamos dando mucho fruto (Jn 15, 8) mediante la vida verdaderamente útil. Dios, que tiene una opinión de nosotros mucho mejor que la nuestra, quiere que nuestros dones más valiosos resplandezcan (cf. Mt 5, 14 – 16). Nuestro creador nos llamó a la existencia con un deseo y un amor inmensos, no a desgana o con indiferencia. El arrepentimiento es el medio de suscitar en nosotros un nuevo sentido de grandeza y de valor personal, por no mencionar los positivos efectos que tiene sobre la familia y la comunidad: incremento de la comprensión, de la capacidad de perdón, de la amabilidad y el entusiasmo…

El amor tiene muchos nombres, metanoia es uno de ellos.


La topografía de la “metanoia”

En el paisaje de nuestra personalidad, pueden esbozarse tres estratos dentro del proceso de conversión:

En primer lugar, se encuentra el núcleo más interno de nuestro ser. Hay dos citas del Génesis que lo definen: la frase repetida cuatro de los días: “Y vio Dios que era bueno” (que falta el segundo día de la creación), y la frase del sexto día: “Y vio Dios todo lo que había hecho; y era muy bueno” (Gn 1, 4ss. 31). Este núcleo interno es el lugar en que conservamos la palabra de Jesús, por consiguiente, es el lugar en que él y el Padre habitan (cf. Jn 14, 23). Es la cúspide del alma (1), en la que Dios es para nosotros Padre y Madre, donde el amor de Dios no encuentra obstáculos y donde, siguiendo el ruego de Jesús, deberíamos permanecer (cf. Jn. 15, 9). En este núcleo interno de nuestro ser, el reino de Dios está dentro de nosotros (cf. Lc 17, 21). En él reinan la paz y la serenidad fecunda.

Este núcleo está rodeado por un segundo estrato, que es una zona de espinas y cardos, de esfuerzo y dolor, de vacío y soledad. En este estrato imperan el hastío y el sin sentido, la ira y la angustia, el malentendido propio y ajeno y la incomprensión. Es el reino de la culpa, la amargura y el odio.

En tercer lugar, la naturaleza humana construye sobre el segundo estrato un escudo protector para defenderse del dolor y la angustia. Esta zona está muy acolchada por las riquezas y el consumo, la carrera y el beneficio, el honor y el prestigio. Con frecuencia, esta cubierta protectora incorpora una buena dosis de religión. También pueden formar parte de ella la hiperactividad, el alcohol y las drogas. De hecho, la mayoría de los elementos de esta tercera zona son muy ambivalentes: pueden conducirnos hacia nuestro verdadero ser y hacia Dios o mantenernos a salvo de ellos. Es el reino de la ambigüedad: ni frío ni calor, ni un sí incondicional ni un no decidido. Algunas personas optan deliberadamente por vivir sólo en este tercer estrato.

La metanoia supone emprender el viaje desde este estrato superficial hasta el núcleo interno. Todos sabemos que se trata del viaje más largo que puede realizar una persona. Después de la alegría inicial por habernos decidido finalmente a realizarlo, el camino conduce pronto a la zona del dolor y la angustia. Es necesaria una fuerte determinación de no rehuir el sufrimiento (como Jesús no retrocedió ante su pasión cuando resultó ser una parte esencial de su misión) si se quiere alcanzar el núcleo interno. No puede haber ni verdadera conversión ni verdadera redención sin estar dispuesto a sufrir. Jesús dijo a sus discípulos: “Quien quiera seguirme, que se niegue a sí, cargue su cruz y me siga. Quien se empeñe en salvar la vida la perderá, quien pierda la vida por mí la alcanzará” (Mt 16, 24 – 25). No obstante, la cruz sólo es fecunda en nuestra vida si la aceptamos. Si no lo hacemos, crea una sensación de descontento, de autocompasión y, en muchas ocasiones, de amargura. Por eso las palabras de la Última Cena, repetidas en cada Eucaristía, son tan significativas: “Éste es mi cuerpo, que será entregado por vosotros”. Quien carga con su cruz de este modo sigue a Jesús en terreno: allí donde él vive en nosotros, donde también nosotros somos uno con el Padre y donde mana la fuente de la vida. Entonces podremos sintonizar nuestra afectividad – ese valioso talento que Dios ha depositado en nuestros corazones- de modo que instintivamente nos atraiga el bien y evitemos el mal.


¿Qué es pues, la “metanoia”?

La teología bíblica nos dice que la metanoia es un cambio profundo de corazón y mente; una reorientación total hacia Dios cuyo resultado es una nueva pauta para nuestras acciones y reacciones. Consiste en rendirnos ante Dios incondicionalmente, con la firme determinación de cumplir en todo su voluntad.

Vamos a concretar ahora de modo más práctico esta descripción. Todos los días adoptamos un gran número de decisiones. La mayoría son pequeñas; de vez en cuando se presenta alguna más importante; y en muy escasas ocasiones se trata de una decisión de gran alcance. No obstante, las pequeñas opciones son significativas, puesto que, en conjunto, determinan nuestro estilo de vida, que expresa nuestra actitud básica mucho mejor que nuestras palabras y acciones. En nuestro estilo de vida está en juego nuestra integridad esencial; aunque es preciso añadir que una gran parte de nuestra vida no responde a una opción personal: sencillamente, no somos capaces de cambiarla. Sin embargo, incluso en estos casos, la reacción ante lo inevitable sigue estando en nuestras manos; es una opción que siempre nos corresponde a nosotros. Por otra parte, con frecuencia actuamos siguiendo una cierta rutina o de un modo espontáneo e impulsivo, de modo que muchas opciones no son realmente deliberadas.

No obstante, sea cual sea el modo en que las adoptemos, las elecciones son decisivas en la vida. San Agustín las comparaba con las cuerdas de un arpa: es indispensable un marco, aunque son las cuerdas las que producen la música. John C. Haughey SJ, plantea la cuestión de modo más gráfico:

“Pese a que vaya en contra de las apariencias, un individuo no se convierte en persona creciendo físicamente hacia arriba, espacialmente hacia el exterior o reflexivamente hacia el interior. A la “yoeidad” se llega fundamentalmente por elección. Es en el acto de elegir donde más se afirma y se encarna el espíritu de la persona. Nuestras opciones expresan nuestra autocomprensión y, al mismo tiempo, la posibilitan. Por contraste, los que no optan o lo hacen a medias viven en la inmadura condición de quienes quieren “tocar de oído”. Bailan cuando otro toca y se lamentan cuando otro decide que ha llegado el momento del canto fúnebre. Un individuo que no es lo bastante autosuficiente verá cómo su entorno, su familia, sus apetitos, o cualquier otra fuerza externa a sí mismo, usurpan el lugar y la función que debería asumir su propio espíritu. El hombre ha luchado durante siglos contra la esclavitud con la firme convicción de que su forma involuntaria de determinismo es mala. La ironía de la presente época es que haya tantas personas que, aunque son libres para obrar de otro modo, consienten que se las someta a la voluntaria esclavitud de la indeterminación”. (2)

El hecho es que todas nuestras decisiones, pequeñas o grandes, deliberadas o tácitas, las adoptamos de acuerdo con un conjunto de prioridades que hemos interiorizado. Cuando nos encontramos ante una opción, decidimos consultando nuestra escala de valores (por muy implícita que sea esta consulta). Cualquier cambio en nuestra escala de prioridades conduce de inmediato a decisiones diferentes y, en consecuencia a un estilo de vida distinto. Sin pretender ser irrespetuosos, podemos comparar este proceso con un programa informático en el que el más ligero cambio modifica de inmediato el resultado.

Por tanto, la metanoia es una revisión de nuestras prioridades. Un coche, o cualquier otro instrumento delicado, necesita ser revisado periódicamente. Con mayor motivo es preciso poner de vez en cuando a punto nuestra conciencia, esa “suave voz interior” que regula toda nuestra vida. A lo largo de los años, nuestras prioridades van cambiando sin que nos demos cuenta. Podemos con toda honestidad creer que determinados valores tienen una gran importancia en nuestra vida, cuando, de hecho, han bajado muchos puestos, aunque nosotros sigamos pensando que figuran en los primeros lugares. Análogamente, podemos creer que determinados valores no significan mucho para nosotros y, sin embargo, de un modo imperceptible, han ido adquiriendo una gran relevancia en nuestro modo de elegir y de actuar. Quien lleve cierto tiempo sin hacer frente a este problema se encontrará con algunas sorpresas grandes, y probablemente desagradables.

Las falsas prioridades nos apartan del amor y de la voluntad de Dios y son tanto más efectivas cuanto menos conscientes seamos de ellas. Levantan en nosotros ese mecanismo de defensa a través del cual la Palabra de Dios apenas puede penetrar. La esencia del pecado es que no nos dejamos amar por Dios, en otras palabras, y dado que Dios ES amor, no dejamos a Dios ser Dios. Normalmente esta negativa a dejar a Dios ser Dios, a dejarle ser amor, no se manifiesta de modo explícito, sino a través de nuestro estilo de vida, que, a su vez, está determinado por el orden de nuestras prioridades. Por consiguiente, la metanoia consiste en afrontar este orden y corregirlo. Es algo que, aunque puede parecer inocuo, afecta a los esquemas básicos de nuestro comportamiento, que nos pueden resultar gratificantes y podemos racionalizar en gran medida.

Jesús, que nos llama constantemente a esta metanoia, hace de ella la condición para nuestra fe en él y para ser discípulos suyos.


NOTAS
(1) Que en el misticismo francés se denomina “La fine ponte de l’âme”
(2) Should Anyone Say Forever, Loyola University Press, Chicago, 1977, pp 21 - 23

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